La nueva edad de plástico
Enfrentar el profundo y permanente daño al medio ambiente que generan los millones de toneladas de bolsas plásticas convencionales es un desafío que, desde diversos rincones del mundo, viene siendo abordado de variadas formas por gobiernos, organizaciones ecologistas, y por el propio mercado.
Cada año, hasta un trillón de estas clásicas bolsas son fabricadas en el mundo con base en un termoplástico que se obtiene del petróleo, compuesto que finalmente hace que millones de toneladas de estos desechos permanezcan en el medio ambiente.
Un recurrente daño directo es la emanación del altamente contaminante gas metano que producen estas bolsas cuando se acelera su proceso de descomposición anaeróbica en los rellenos sanitarios y, en menor medida, por su presencia en los océanos y cursos de agua, donde pueden provocar obstrucciones de los cauces y, en casos aislados, la muerte de algunos animales.
Diversas campañas ciudadanas se realizan en el mundo para reducir su uso, fomentando el empleo de bolsas de género o papel, pero son las políticas prohibitivas y la elaboración de toda clase de envases y envoltorios plásticos mediante la innovadora tecnología ecológica de oxo-biodegradación las que parecen tener efectos más concretos.
Prohibición
Irlanda fue el primer país europeo en establecer, en 2002, un impuesto sobre las bolsas plásticas, que, a la postre, provocó una reducción de su consumo en cerca del 95%. El mismo camino han seguido Italia, Suecia, Dinamarca, Alemania e Islandia. Más allá han ido Canadá, Ruanda, Israel, Taiwán, Singapur, India, además de la ciudad estadounidense de San Francisco, que las han prohibido o están en proceso de prohibirlas. Otro caso es el billón de bolsas que consume China, que eliminó las bolsas plásticas gratuitas de bajo espesor, con lo que ahorrará 37 millones de barriles de petróleo al año.
En América Latina, algunos parlamentarios de Chile —país que consume más de 250 millones de bolsas mensuales— acaban de proponer un proyecto de ley para prohibirlas, permitiendo que circulen sólo aquellas que aseguran una biodegradación de dos a tres años, como las que desde 2007 incorporaron la tienda de construcción y hogar Homecenter Sodimac y los supermercados Jumbo, que anualmente "regala" 120 millones de bolsas a sus clientes.
Oxo-biodegradación
Una de las cunas de las nuevas bolsas es Canadá, donde, en 1991, la compañía EPI Environmental Technologies —hoy, con presencia en más de 50 países— comenzó a trabajar en el desarrollo de compuestos oxo-biodegradables, elaborando los llamados TDPA (Aditivos Plásticos Totalmente Degradables), insumo básico para la fabricación de estas bolsas ambientalmente más amigables.
Aplicadas en la fabricación de polietilenos, polipropilenos y poliestirenos, las tecnologías TDPA aceleran los procesos químicos de la degradación a tal punto, que si las bolsas tradicionales demoran siglos en biodegradarse, las que contienen este aditivo tardan alrededor de dos a tres años, estén donde estén; es decir, basurales, ríos o mares.
Ocurre que, a diferencia de los plásticos tradicionales, la bolsa con TDPA reacciona químicamente con la luz solar, las altas temperaturas o los esfuerzos mecánicos, iniciando así el proceso de oxidación que, en la práctica, destruye la bolsa en fragmentos cada vez más pequeños, que resultan "atractivos" para las bacterias, algas y hongos, que actúan convirtiendo el polímero inicial en dióxido de carbono, agua y biomasa.
En Chile, la tecnología de EPI es comercializada por Ecopack. Bernardo Amengual, su gerente general, explica que el costo de manufactura no es muy elevado. "Entre la bolsa típica de supermercado y la biodegradable existe una diferencia de precio no más allá del 8%; y mientras mayor valor agregado en el producto plástico, dicha diferencia baja hasta un 4%", cuenta.
Modelo de negocios
Lo que ocurre con el mercado de las bolsas biodegradables es sólo un botón de muestra, pues detrás existe un nuevo concepto empresarial: empujados por gobiernos y los propios mercados, las compañías que utilizan plásticos se están haciendo cargo del pasivo ambiental del que directa e indirectamente son responsables.
El modelo de negocios para toda empresa que utilice plásticos se basa, entre otros, en dos beneficios concretos: "Por un lado, el consumidor de hoy premia comprando los productos con envases y envoltorios ambientalmente amistosos, y, por otro, contar con tecnología biodegradable representa una ventaja competitiva en los mercados importadores en Europa y Estados Unidos", resume el ejecutivo de Ecopack-Chile.
Y ejemplifica: "Uno de nuestros clientes, Polyflex, hizo empaques para manzanas y uvas de exportación que ahora se venden en la cadena estadounidense Wal Mart, que, al momento de buscar proveedores, exige que utilicen bolsas plásticas biodegradables", narra el ejecutivo chileno.
La expansión del mercado de los oxo-biodegradables puede ser tan amplia como productos plásticos existen en la industria: desde envoltorios de alimentos, botellas y recipientes, hasta productos mayores, como empaques de colchones o electrodomésticos. Todo elemento de plástico tradicional puede ser elaborado a base de TDPA, que a simple vista es igual que el convencional envase no degradable, pero en el fondo sus beneficios implican mejorar la imagen del negocio y disminuir el impacto ambiental que se produce en un acto tan globalizado como el de envolver.
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